Puedo ser la rapaza mas pringosa,
con mis cabellos en jirones al viento
trepada en la maleza de un arbusto,
portando parche al ojo y mano cual visera,
buscando al horizonte un buque imaginario
con apañado y tosco arcaico catalejo.
Aventurándome con mis cofrades de sangre
a ser un forzado y amanerado filibustero,
secuaz por un instante de épicas batallas
engrosando mis féminas voces pueriles
al grito de ¡rendíos, ¡mal rayo les parta!
o un débil pianoforte de ¡al abordaje mis valientes!
Puedo ser la pequeña más mugrosa
creando menjunjes y tamices de lodos,
para pintar paredes en dulces terracotas
ocres y bermellones que se vuelven marrones,
sepias descoloridos, matices con castaños,
sienas claros oscuros y tonos gris marengo.
Y en esos febriles balbuceos pictóricos,
engendro sobre mis vestimentas otras
fabricadas con arcilla, turba y arena,
fertilizadas tierras y calizas piedrecillas,
adornos de piedritas y hojas fosilizadas,
mascarillas de barro y afeites de natura.
Pero al girar mi rostro a tu llamado
me miro en un reflejo de una retina amante,
y no veo la pringada, tampoco la mugrosa,
me observo cual princesa cuidada por vasallos,
con trajes majestuosos y joyas impensables
y coloreo mis lienzos con magistral destreza.
Y soy la más hermosa, la más linda criatura,
radiante cual Selene y lucero rutilante.
Tus ojos me devuelven lo que yo quiero ser
porque tu amor materno me envuelve de esplendor
y es tu dulce mirada la que me vuelve bella.
Yolanda de la Colina Flores
10 de mayo del 2011
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